martes, 4 de marzo de 2014
La montaña de Zaratustra
"Todo el mundo no nace como Zaratustra riendo; todo el mundo no nace como Dioniso danzando; todo el mundo no sabe ver como Heráclito, que el mundo es un juego divino. Todo ello hay que aprenderlo." Luis Enrique de Santiago Guervós, Arte y Poder.
Estas tres nuevas categorías: risa, danza y juego, han de tomarse como categorías estéticas a la hora de establecer lazos y trato con nuestro mundo más inmediato. No a modo de contemplación, sino como forma de actuación en el teatro existencial.
La risa elude y diluye la seriedad de un mundo que por lo pronto se vuelve hostil a la experiencia que habita en ella, el sufrimiento toma distancia y se aligera, es arma y armadura frente a la seriedad del mundo.
La danza es un ciclo de fuerzas, que va desde lo más alto hasta lo más bajo. Si el bailarín toma fuerzas del suelo, para saltar y mantenerse en suspensión durante unos segundos, nosotros podemos canalizar la fuerza de la bajeza para levantar un nuevo rumbo con su fuerza. De lo más hondo se extraen fuerzas para buscar la elevación frente a los avatares de una existencia que nunca se dijo fácil, siempre en constante cambio y movimiento. La vida, aquello que escapa a toda razón o comprensión, entendida como juego divino. Juego divino porque nos supera en todas sus facetas, un juego de fuerzas que retoma a una inocencia alejado del pensamiento plomizo y monolítico. El juego desenreda, deshinibe y aparta lo que merma, retoma la espontaneidad de los sentidos. Todo aquel que apunte a lo alto, aprenderá primero que la vida es un juego, en el que se danza y se ríe.
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