En la distancia el sentimiento se hace cercano. Cuanto más lejos estoy más presente tengo a las personas que me importan. Resulta paradójico que sea precisamente la lejanía lo que refresque la cercanía, y no sólo eso, sino que también otorga mayor amplitud de miras. Amplitud de miras y de juicio, al arrojar luz sobre lo esencial, sin intoxicarlo con elementos superfluos, te percatas de
lo enorme que a veces se
escurría en rutina. El dicho de que uno quiere lo que le falta, hace justicia especialmente en el ámbito del sentimiento, porque en el ámbito de lo material, aunque a veces resulte verdaderamente importante (una medicina por ejemplo), en la mayoría de los casos es una no-necesidad inculcada por un elemento de mercado cuya promesa de felicidad dura bastante poco. Pero el sentimiento es otra cosa, difícil de encasillar o ponerle etiqueta, es vivencia que constituye nuestra identidad, lo que somos o lo que creemos ser, verdadero o falso, está ahí, latente e impreso con sangre en el cuerpo. Así es la geometría de lo humano, la fotosíntesis de la existencia, la hibernación del espíritu, el caparazón de las tortugas.
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